Carta abierta al Presidente Lucio Gutiérrez

Gloria Gaitán

Bogotá, 7 de febrero de 2004

 

Señor Presidente Lucio Gutiérrez
Quito, Ecuador

Señor Presidente:

No hace mucho tiempo usted me escribía en tono fraternal invocando el nombre de mi padre, Jorge Eliécer Gaitán, como ruta a seguir en su camino político por el Ecuador. ¡Nada más alejado de la realidad!

Usted, por el contrario, ha instaurado un régimen donde se tolera y alienta el atentado y la persecución contra las figuras más destacadas de la lucha por los derechos populares y la reivindicación de las clases humilladas.

Amigos míos y compañeros de sueños y batallas, como Leonidas Iza y Alexis Ponce, así como tantos otros, han sido objeto de persecución y atentados que demuestran hasta qué punto el Ecuador, bajo su mando, está tomando el camino por el que optó la oligarquía colombiana a partir de 1946, para amedrentar al pueblo, crear el pánico entre sus dirigentes, buscando desalentar las luchas sociales.

Finalmente, cuando el pueblo no se dejó amilanar, optaron el 9 de abril de 1948 por asesinar a mi padre en la preparada "Operación Pantomima". A partir de ese momento el pueblo se organizó en guerrillas y la guerra no ha cesado hasta nuestros días.

Me alarma ver que en el Ecuador se inicia el mismo proceso de escarmiento contra los luchadores en búsqueda de su desintegración a través del miedo. Pero el pueblo ecuatoriano, que es nuestro hermano, no se dejará desalentar con la violencia.

Si usted no toma la decisión, junto con los EEUU, de desactivar el crimen y la persecución, su país, que es nuestro hermano, terminará enrutándose por el camino de la guerra como le sucedió a Colombia, que después de más de medio siglo no ha podido detener el baño de sangre y horror que padecemos.

Señor Presidente: mírese Ud. en el espejo de Colombia y sopese los resultados de su accionar. Todo puede desembocar en la cruel guerra que nosotros vivimos. Los herederos de la muerte, las viudas, los huérfanos y demás dolientes de las víctimas asesinadas no hemos, por ello, cesado la valerosa lucha de nuestros antepasados sacrificados. Al contrario, tenemos más hondas razones para continuar la batalla. Míreme a mí, Señor Presidente, hoy en día estoy amenazada de muerte, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos le ha ordenado al gobierno colombiano medidas cautelares para proteger mi vida y el gobierno de Alvaro Uribe se ha negado a cumplir lo ordenado.

La violencia no frenará JAMÁS la voluntad de los herederos de las víctimas por seguir luchando a favor de la equidad y por la paz. Los métodos que emplea su gobierno no le darán la victoria a quienes usted quiere proteger, ni al neoliberalismo, ni al Gobierno de los EEUU.

Señor Presidente, por eso en este día, le anexo, con copia a las embajadas acreditadas en su país, la Oración por la Paz pronunciada por mi padre el 4 de febrero de 1948. Ha cambiado el nombre del Presidente Ospina Pérez por el suyo, ya que usted en más de una ocasión invocó el nombre de mi padre como voz de autoridad.

Escúchelo y sabrá, entonces, reencontrar la paz y la fraternidad para el hermano país del Ecuador.

Compatriota de la Patria Grande de Bolívar.

Gloria Gaitán

 

[Nota de Llakta!]
La Oración por la Paz fue pronunciada por el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá el 7 de febrero de 1948, al culminar la gigantesca "Manifestación del Silencio", multitudinaria protesta de la ciudadanía bogotana contra La Violencia. Semanas después sería asesinado, cercenando con su muerte las esperanzas de paz y justicia de todo un Pueblo...

Oración por la paz

Jorge Eliécer Gaitán

Febrero, 1948

Señor Presidente Mariano Ospina Pérez:

Bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra Excelencia, interpretando el querer y la voluntad de esta inmensa multitud que esconde su ardiente corazón, lacerado por tanta injusticia, bajo un silencio clamoroso, para pedir que haya paz y piedad para la patria.

En todo el día de hoy, Excelentísimo señor, la capital de Colombia ha presenciado un espectáculo que no tiene precedentes en su historia. Gentes que vinieron de todo el país, de todas las latitudes -de los llanos ardientes y de las frías altiplanicies- han llegado a congregarse en esta plaza, cuna de nuestras libertades, para expresar la irrevocable decisión de defender sus derechos. Dos horas hace que la inmensa multitud desemboca en esta plaza y no se ha escuchado sin embargo un solo grito, porque en el fondo de los corazones sólo se escucha el golpe de la emoción. Durante las grandes tempestades la fuerza subterránea es mucho más poderosa, y esta tiene el poder de imponer la paz cuando quienes están obligados a imponerla no la imponen.

Señor Presidente: Aquí no se oyen aplausos: ¡Solo se ven banderas negras que se agitan!

Señor Presidente: Vos que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido, que logra contrariar las leyes de la psicología colectiva para recatar la emoción en un silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa.

Ninguna colectividad en el mundo ha dado una demostración superior a la presente. Pero si esta manifestación sucede, es porque hay algo grave, y no por triviales razones. Hay un partido de orden capaz de realizar este acto para evitar que la sangre siga derramándose y para que las leyes se cumplan, porque ellas son la expresión de la conciencia general. No me he engañado cuando he dicho que creo en la conciencia del pueblo, porque ese concepto ha sido ratificado ampliamente en esta demostración, donde los vítores y los aplausos desaparecen para que solo se escuche el rumor emocionado de los millares de banderas negras, que aquí se han traído para recordar a nuestros hombres villanamente asesinados.

Señor Presidente: Serenamente, tranquilamente, con la emoción que atraviesa el espíritu de los ciudadanos que llenan esta plaza, os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, para devolver al país la tranquilidad pública. ¡Todo depende ahora de vos! Quienes anegan en sangre el territorio de la patria, cesarían en su ciega perfidia. Esos espíritus de mala intención callarían al simple imperio de vuestra voluntad.

Amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino inexorable.

Señor Presidente: En esta ocasión no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización!

Nosotros, señor Presidente, no somos cobardes. Somos descendientes de los bravos que aniquilaron las tiranías en este suelo sagrado. ¡Somos capaces de sacrificar nuestras vidas para salvar la paz y la libertad de Colombia!

Impedid, señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo que puede pedir un pueblo. En vez de esta fuerza ciega desatada, debemos aprovechar la capacidad de trabajo del pueblo para beneficio del progreso de Colombia.

Señor Presidente: Nuestra bandera está enlutada y esta silenciosa muchedumbre y este grito mudo de nuestros corazones solo os reclama: ¡que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como queráis que os traten a vos, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes!

Os decimos finalmente, Excelentísimo señor: Bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y exterminio. ¡Malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia!

 

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