Carta al padre Eduardo Delgado / solidaridad con la dignidad




Alexis Ponce
Asamblea Permanente de Derechos Humanos del Ecuador (APDH)

Quito, 10 de marzo de 2002




Querido amigo
Padre Eduardo Delgado
Sacerdote salesiano
Quito


Lo supimos este último viernes en horas de la tarde... Que te obligaron (¿o te viste obligado?) a renunciar. O que -simplemente- renunciaste por voluntad propia, al Prorrectorado de la Universidad Salesiana de Quito, luego de que una histérica y poco histórica campaña, nada cristiana y democrática, el Poder de siempre (dígase Opus Dei, Palacio de Gobierno, cámaras empresariales -y de las otras-, partidocracias y elites, o como se llame ese Poder) desatara en las dos últimas semanas para presionar por tu salida, con presiones públicas e indecentes presiones privadas, con entrevistas estelares a los mismos de un siempre, con influyentes "análisis políticos" de ex-"académicos de izquierda" convertidos en rabiosos defensores del Establecimiento; hasta lograr lo que, desde el espanto de los de siempre a la unidad de los del nunca, anhelaban ver: tu salida del Prorrectorado de la Universidad Politécnica Salesiana. Es decir, el Castigo al imperdonable pecado cometido.

Eduardo: cometiste un "error" que el sistema, tarde o temprano, cobra con creces a las "descarriadas ovejas negras" del modelo: optar por los excluídos, los impresentables, los "reyes de la página roja" y, a la vez, eternos censurados de la Página Social.

Hoy el tiempo transcurrido nos sabe a recuerdo: te veo en tus primeras acciones, gestiones y luchas, trabajando hasta la última madrugada por los miles de "guaguas" de las alcantarillas, aceras y plazas nocturnas de Quito, convencido de que el verdadero Dios no está en la primera fila de los portentosos Te-Déum, sino en la última fila de los malolientes portales. Convencido de que el verdadero Dios "es verbo, no sustantivo"; niño de la calle, no ministro de Gobierno, o de Dios, incluso.

Allí, quizás, descubriste que la "opción por los pobres" no era una entelequia de "cena anual y análisis de coyuntura" de una cúpula eclesiástica cuyos aros y reliquias ofenderían al Carpintero, sino un desafío , a ti-uno mismo y a la Sociedad, esa Sociedad Nada Anónima y con mayúsculas que, entonces, te miraba con asombrada admiración, pero sin reticencias mayores, porque la ayuda social, para ella, es inofensiva, admisible, incluso merecedora del aplauso de la elite, mientras no se acompañe de la impugnación al des-Orden y la Paz .

Allí, tal vez, después de tanta agotadora jornada, descubriste que poco servía defender -con pasión de carpintero arameo y llanto de santo- a todos los niños de la calle, si no se impugnaba, por igual, el modelo social que cada día vomita 1.500 (mil quinientos) niños al territorio inconcluso de la pobreza, como UNICEF enumeró en su informe de la situación infantil ecuatoriana en 1999.

Te veo, hermano, repartiendo dulces y sonrisas, a todos los "guaguas de la Calle" en tu "Caleta" fundada como símbolo de amor concreto, no de palabra, para todos los Pobrecitos de Asís que siguen aspirando cemento de contacto y durmiendo arropados con "comercios", patadas, insultos y empresariales sonrisas de campañas televisivas de dudosa y autocomplaciente eficiencia empresarial.

Cometiste un "error", Eduardo, que la Zoo-ciedad, tarde o temprano, cobra con creces a los pastores rebeldes de la plebe: optar por los indios (¡fuchi!), los obreros (¡fuchi!), los movimientos sociales (¡fuchi!), los derechos humanos (¡fuchi!), los ecologistas (¡fuchi!), las izquierdas (¡fuchi!), sin condicionalidad alguna ni más ambición política que la decencia.

Te veo, Eduardo, abriendo las puertas de tu templo y tu universidad, a los millares de indios, indias y guaguas indios que en el febrero del 2001, se levantaron para reclamar no el poder sino cositas concretas hasta hoy incumplidas, y que no tuvieron, con tu digna excepción y la de nuestro Monseñor Alberto Luna Tobar, oído, eco y respuesta en los representantes milenarios de la Institución más poderosa que haya inventado el hombre (no digo la mujer que, como sabemos, hasta hoy sigue excluída de la todopoderosa estructura jerárquica de esa piedra fundada por un pescador de apellido nada rimbombante y nombre de niño de la calle).

Te veo, dignamente solitario, colectivamente Eduardo, diciéndole al Poder que las Escrituras te mandan a abrirles las puertas a los indios, y que no hay peor pecado que la injusticia, denunciando el bloqueo oficial de alimentos y medicinas, durante cuatro días, a las longas y sus longuitos, condenando la matanza de indios, indias y longuitos en las provincias de Tungurahua y Napo.

Cometiste un "error" que la S.A., tarde o temprano, cobra con creces a los sacerdotes de sandalia o alpargata: desear, con Monse Luna, servir de puente humano para la unidad de los desunidos, sin condiciones ni dobleces, de frente y públicamente, sin reserva ni recato, como aconsejaba la eticidad del Carpintero, quien jamás hubiera optado por las formalidades y los Te-Déum, los ágapes en las poderosas mesas del Poder, las cardenalicias solemnidades de las elites.

Te pregunto si habrá servido de algo el soñar unir. Y se que me responderás: "siempre servirá de algo, el intentar unir". Pregunto, ya no a Eduardo, sino a mis pobres frustraciones de derrotado sempiterno, ¿qué harán hoy, conocida la noticia de la campaña en contra y la renuncia casi-obligada que te impusieron, esas izquierdas desunidas, esos movimientos sociales divididos, esas fuerzas ciudadanas dispersas? ¿Qué van a hacer, en aras de la unidad por la cual se castiga a Eduardo ahora: Antonio Vargas candidato, Auki candidato, Roldós candidato, Lucio candidato, Dr. Borja candidato?. Las primeras noticias desalientan: los indígenas, por los cuales peleaste sin pedir nada a cambio, hoy ponen en peligro lo que una década y más les costó a ellos mismos construir y consolidar.

Eduardo, quisiera darte mejores noticias: Recuerdo las decidoras pupilas y los cambiados rostros de los muchachos y muchachas de tu universidad, quienes durante la "estadía india", aprendieron algo más que materias y lecciones. La maravilla de la solidaridad por ejemplo; el milagro de saberse parte actuante de una comunidad, por ejemplo. Ahí, en tu universidad sitiada por policías, perros policías y carros policías, vi a tus estudiantes, con las caras felices, vieras, bañando en turnos y por grupos, a los "longos chiquitos", cocinando con las "huarmis", haciendo postas en las noches, aprendiendo la estatura de la generosidad y no la insoportable levedad del "marketing" y la "administración empresarial" que la Zoociedad impone a la juventud de clase media. Recuerdo, entonces, el fastidio del Poder por tu actitud sacerdotal y humana, a los pocos días de los indios salir de tu universidad rumbo a sus comunidades milenarias, rumbo al silencio y la división.

A los pocos días de ese acontecimiento, que marcó al país que tenemos, y que ayudará a ser al que aún pugna por nacer, te pregunté en un actito de indios, sindicalistas, grupos sociales y excluídos de la Revista "Cosas":

"¿Es posible que una actitud del corazón pueda ser, a la vez, acto político?, ¿que la ternura, ese jurásico y cursi sentimiento, sea también una categoría política?, ¿que el amor, en suma, pueda ser a la vez rebelión y proyecto de historia?".

Al parecer, para el frío imperio del pragmático realismo que padecemos, no. Y para el neoliberalismo, jamás. (Perdonen por la odiosa frase común "neoliberalismo", ilustrísimas señorías de la elite académica del Orden).

Pero ternura y bravura juntas, Eduardo, vimos convertidas en "demencial" estrategia política de los principales escenarios que marcan el futuro de América Latina: aquella marcha hermana de miles de indios al Distrito Federal mexicano; el cerco campesino-cocalero a La Paz; la bronca civil en Argentina; la aparición de las "turbas" venezolanas como co-actoras de su propia historia, por encima de la conspiración mediática y los Culebrones de la CNN y el Miami Herald.

Y ternura y bravura juntas vimos en la Universidad Politécnica Salesiana aquel febrero del 2001.

Y es que tu capacidad de ternura, extinguida lateralidad femenina en el hombre, seguiremos celebrando con tu vida, hermano. Ternura como opción política y no sólo valor humano. Porque al supremo castigo de los Poderosos, nosotros opondremos nuestra desventurada desobediencia y el reconocimiento, el "Dios le pague", a esta criatura salesiana de la ternura y la bravura juntas.

Por eso vine a escribirte en domingo y a las seis, en día y hora de misa, Eduardo, padre y madre nuestra, para decirte que la ternura plural y el amor colectivo de miles no te renunciarán nunca.

Si entre ellos, los del Poder, sin consultarnos siquiera, sin merecerlo jamás, de vez en vez se solazan entregándose entre ellos mismos medallas, honores y lisonjas; por qué no, en acto de justicia, los otros-nosotros, no vamos a a decirte "Gracias por vivir".

Gracias padre Eduardo, por caminar descalzo, con bravura y digna humildad, el dulce territorio de la esperanza: la solidaridad con los jodidos.







 
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