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En mi hambre, mando yo…

Luis Alberto Luna Tobar

Diario El Hoy, edición digital

Quito, 11 de noviembre de 2006

Cuando un político, notable por su inteligencia, pero desventajado en su corazón, quiso comprar el voto de un limpiabotas prometiéndole recompensas impresionantes, el hambriento honrado, el miserable betunero, el señor poseído de innata dignidad, le contestó al político, con rabia noble: "Señor, en mi hambre, mando yo y nadie más". La cátedra del hombre público, la generosa soberbia del presumido profesor, el presunto poder gubernativo de un aspirante a las altas Cortes, quedaron por los suelos. Ángel Ganivet difundió, con arrepentida vergüenza, el ejemplo de soberanía que recibió de un hambriento limpiabotas. Pisoteados por la macabra generosidad de personas que desconocen la ilímite fortuna, que les ha dado la vida, pretenden comprar la dignidad de un pueblo, que ha honrado siempre su pobreza.

Un análisis severo de la situación social ecuatoriana revela, sin dejar espacio para duda alguna, que nuestra posición económica real demuestra impresionante contraste entre las condiciones maravillosas de una tierra ubérrima y el vivir, en límites con la miseria, de una mayoría ciudadana, dependiente de la criticada administración estatal y de la desproporcionada injusticia de ciertas fortunas claves y sus empresas filiales.

Desde la riqueza natural del país y el plan social de vida de las mayorías, hay una tan abismal como injusta diferencia, que técnicamente escandaliza, pero que en la conciencia colectiva todavía no es ponderada en su realidad, mientras arrecia el riesgo de enfrentamiento entre el hambre y el despotismo, de muy encubiertos gozos inhumanos.

Favorecidos por una plétora de grandes economistas -de indiscutibles méritos- y acunados por un sistema bancario, poseído de consignas internacionales "modelo G8", caminamos políticamente, desde el descubrimiento del petróleo de nuestro Oriente -tan rico en sus entrañas pero tan empobrecido en sus arquetipos de gobierno-, a un paulatino empobrecimiento comunitario impresionante. Ese empobrecimiento resulta contradictoriamente fuente de riquezas bancarias y de recrecimiento de organizaciones de mercado, que se consolidan cada día más, mientras también se enraíza más el hambre de los que no están en la "cúpula y vecindades". La hora crítica se avecina...

En mi hambre mando yo y nadie más; no está en la Biblia esa frase; pero con dogmática certeza puede afirmarse que Dios sí celebra expresiones humanas de esa libérrima categoría.

Los pueblos tienen elementos de raíz y base, desde los cuales debe originarse la reacción lógica y natural de supervivencia. Es imperiosa necesidad ecuatoriana que no permitamos vender nuestra hambre a nadie. Y la estamos vendiendo al que se presenta como el mejor postor, porque realiza, desde lo que le sobra y es de todos los ecuatorianos, el regalo más apreciable: vale decir lo contrario: "Más despreciable". No nos dejemos poner en venta.

[fuente]
http://www.hoy.com.ec/NoticiaNue.asp?row_id=250371

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