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Digresiones en el teatro electoral ecuatoriano

Alexis Oviedo

Quito, 16 de octubre de 2006

El argumento

Las elecciones son el escenario donde la democracia representativa se legitima, éstas no son una expresión del fortalecimiento de la democracia real y menos aún del ejercicio del poder por parte del demos, tal cual reza la etimología. El pueblo, ni siquiera en la antigua Grecia, tuvo el poder por la vía democrática electiva. En nuestro contexto, las elecciones, no alcanzan a ser ni un volátil ejercicio pedagógico en materia de cultura política.

Gran parte del demos ecuatoriano, apenas accede a la educación básica, después, hecho ya todo un analfabeto funcional, adquiere incipiente conocimiento de algunos de sus derechos y deberes ciudadanos. El concepto de ciudadanía es desconocido. Enfatizando en uno de los derechos ciudadanos, el voto, fácilmente se nota que el ecuatoriano común no sabe qué compromisos ni qué derechos adquiere al votar, ni siquiera puede establecer diferencias esenciales entre los programas políticos de los candidatos. Este desconocimiento y la ausencia de una cultura política sólida en la mayoría de ecuatorianos, ha sido propiciado por la misma clase que detenta el poder político desde los albores de la República y es ésta clase la que se beneficia directamente de ello, enquistando a sus empleados en todos los poderes del estado.

El tablado

El proceso eleccionario se asemeja a un circo hiperreal, un show ensamblado por las creativas campañas mediáticas, espectáculo electoral donde todos entramos en la dinámica del por quién votar.

Por un lado los futuros electores que van abriendo esperanzas y dudas mientras definen su opción, pero no de acuerdo a un programa o a la ideología de tal o cual partido. El voto se define en función de la persona, del candidato que le cae bien, del que le parece más simpático, el más macho y hasta el más guapo o bonita, del que habla mejor, aun cuando en el fondo sean cantinfladas, o del que regala más en la campaña, conscientes de saber que se los cobrará una vez elegido.

Por otro lado, los candidatos asoman a la pasarella con discursos, juramentos y ofertas, en medio de las visitas de campaña, éllos pisan por vez primera el mismo fango de los suburbios, que es cotidiano para millones de ecuatorianos. Los que tienen mucho compran el voto con víveres, computadoras y sillas de ruedas. Los que tienen menos acuden a la fogosidad o al mensaje de ternura, o a la belleza física, disimulando rugidos... pero más que nada el contumaz ataque al contricante. Estrechan manos y besan a los curiosos andrajosos, sonrientes miserables que se maravillan de tener cerca, en vivo, al ser de la pantalla.

El ser humano en su ludismo se fascina con el circo y en tiempo de elecciones, como en tiempo de fútbol, pretender hablar de otros temas resulta fuera de foco y en medio del show los ahora denominados votantes se olvidan de las tareas fundamentales de construcción de propuestas alternativas al poder establecido. En época electoral se olvidan de la necesidad de potenciar lo colectivo como germen de organización y alternativa a niveles del entorno local. En tiempo electoral, la colectividad, la comunidad, el barrio, el comité promejoras y hasta el club deportivo se dividen como expresión histórica de grupo y más bien se fragmentan y confrontan al apoyar a uno o a otro candidato-mesías.

Lo que no toman en cuenta ni los postulantes a la presidencia ni muchos electores, es que ganarla no significa acceder a una instancia de poder absoluto, puesto que el poder político en Ecuador, se puede ejercer sin sentarse en el sillón de Alfaro, tal como han hecho los social cristianos en todos estos años. El PSC desde 1988, ha detentado el poder sin tener la presidencia, cooptando los tribunales electoral y constitucional, las cortes, y estratégicas instituciones de la política estatal, sin mencionar las que brindan jugosas ganancias. Este manejo aunado a la presion ejercida por su bloque legistalitvo, ha logrado que las decisiones cruciales del país se manejen al antojo del Tuerto del Cortijo y su camarilla, siendo el llamado primer mandatario, chantajeado o cooptado a ese entorno.

Por otra parte, en el contexto geopolítico y en condiciones de globalización, el presidente de una nación sudamericana es un funcionario de tercera categoria que tiene como jefes inmediatos a los organismos multilaterales de crédito (FMI y BM), que sugieren recetas para gobernar, los delegados del poder multinacional que condicionan inversiones y la embajada local de Estados Unidos, representante del policía del mundo que intimida, todos ellos opinan, delinean y aprueban o desaprueban, la actuación del hombre que ciñe la banda tricolor.

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