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A caballo entre la partidocracia y la bancocracia

Alberto Acosta

La Insignia

Quito, 26 de octubre de 2005

Con visiones miopes e incluso terroristas responden los opositores a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, en su mayoría diputados, personas enquistadas en la partidocracia y cuándo no varios esbirros del poder económico. Vender la idea de que puede venir el caos por efecto de la Asamblea en un país prácticamente caotizado, con sus instituciones pulverizadas por quienes hoy dicen defender la Constitución, resulta sorprendente; basta recordar que la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Constitucional fueron liquidados por el Congreso, en alianza con el "dictócrata". Esperar mejorías a partir de un recambio de gobernantes en las próximas elecciones resulta un argumento peregrino. Confiar en que al menos unas pocas reformas políticas importantes sean posibles, tramitándolas en el actual Parlamento, parece por lo menos ingenuo.

Habría sido fácil convocar a una Constituyente en abril, apenas corrió del Palacio Presidencial el "dictócrata", sin esperar a que levanten cabeza las fuerzas de la partidocracia. Pero no se lo hizo. Sin embargo, a pesar de que las condiciones para cristalizar la Constituyente se han complicado, el sentido del reclamo no ha cambiado. La lucha no es por unas cuantas reformas políticas, es por una Asamblea en tanto oportunidad para construir una democracia que permita abordar directamente el tratamiento de temas trascendentales; para recuperar el control ciudadano en los tribunales -como los electorales y los de justicia-, impidiendo que sean los partidos los que los dirijan y manipulen; para desarmar un esquema hiperpresidencialista causante de gran parte de la inestabilidad política; para que el Congreso recupere su poder legislativo y fiscalizador, y deje de ser un instrumento de chantaje al servicio de grupos oligárquicos; en fin, para intentar liberarnos de la influencia de las oligarquías instaladas a caballo entre la partidocracia y la bancocracia, instrumentos del primer poder del Estado neoliberal, aliado funcional de los intereses transnacionales, el poder económico. Aquel poder que lucra permanentemente, aún con más agresividad en tiempos de caos y de inestabilidad: vemos cómo a la sombra de la crisis política avanzan las negociaciones del TLC; se asegura en el Congreso beneficios a las inversiones extranjeras restando ingresos al fisco, a cuenta de alentarlas; se consolida el dominio de las petroleras sin respetar la ley, el caso de la OXI habla por si sólo. En este mismo tinglado algunas fracciones oligárquicas venidas a menos por la crisis intentan recomponer su poder bancario, mientras que la bancocracia amenazada -en contubernio con el poder de la mediocracia- impide que la opinión pública discuta una estrategia tendiente a desarmar las estructuras oligopólicas y excluyentes del sistema financiero.

La Constituyente por si sola no garantiza el cambio. Hay que transformarla en oportunidad de cambio. Y por eso la sociedad tendrá que apropiarse democráticamente del proceso -esto implica su disputa, su convocatoria, su composición, su realización, su poder, su contenido y sus secuelas-, recordando que la Constitución es aquel proyecto de acuerdos mínimos, a partir del cual se pueden buscar los objetivos máximos.

[fuente]
http://www.lainsignia.org/2005/octubre/ibe_078.htm

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