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El Ecuador real

Giovanni Carrión Cevallos

Diario El Comercio, edición digital

Quito, 2 de febrero de 2005

Los indicadores macroeconómicos presentados por el Gobierno con ocasión del cierre de año, dejan entrever un comportamiento positivo de la economía doméstica. El oficialismo cifra sus logros, particularmente, en el crecimiento del PIB en seis por ciento, la reducción drástica de la tasa de inflación a 1,95 por ciento, una balanza comercial superavitaria alrededor de los USD 300 millones, la disminución del índice de riesgo-país por debajo de los 800 puntos, la expansión del área no petrolera, etc.

Si nos remitiésemos a estos guarismos proporcionados por el Régimen, el Ecuador se asemejaría mucho a la República de los Utópicos, descrita hace algunos siglos por Tomás Moro, en donde a más de la justicia y equidad imperantes "todo el mundo trabajaba sin estar separado por la barrera de las clases, en la que lo más importante no era el consumo sino la producción". Empero, si hacemos una lectura más detenida de estos números, confrontándolos con el Ecuador real, confirmamos aquel aforismo de que no todo lo que brilla es oro.

Así por ejemplo, la variación espectacular del PIB no guarda relación con un hecho concreto: el estancamiento del aparato productivo y la incapacidad del sector secundario por arremeter en la reconversión industrial como condición previa para mejorar los niveles de competitividad en el mercado internacional.

Más bien lo que se advierte con preocupación es lo que Edison Solís denomina la "deslocalización de la producción", es decir, los agentes económicos ante condiciones no favorables, se trasladan a países que ofrecen un mejor escenario para la actividad empresarial-productiva.

Hay que decirlo, el seis por ciento del PIB responde en buena medida al aporte petrolero que en el último año alcanzó precios históricamente altos por baril de crudo, influenciado por factores externos como la guerra en Iraq. Asimismo, la "exitosa" dolarización sigue, cual parásito, alimentándose de las remesas de los emigrantes (USD 1 500 millones). Paradójica e irónicamente, como vemos, los pobres y expatriados son los que sostienen este modelo promotor de la exportación de personas.

En cuanto a la desaceleración en el aumento de los precios de los bienes y servicios, ésta se ha dado por la contracción de la demanda, ante la pérdida de la capacidad adquisitiva de la gente cuyo salario ni siquiera cubre la canasta básica y ni qué decir de aquel significativo segmento de ecuatorianos desempleados y subempleados que no dispone de ingresos habituales; pues, sostener que la inflación ha sido contrarestada mediante el incremento de la producción (oferta), es decir por la vía sana, simplemente es una falacia.

Por otro lado, el haber disminuido el riesgo país a los niveles actuales, confirma no que la economía haya crecido en x por ciento sino más bien la capacidad del Estado para atender oportunamente sus obligaciones crediticias. Para ello, el gobierno del presidente Lucio Gutiérrez priorizó la atención de la deuda externa frente a la deuda social. Aquí otra vez son los desheredados del sistema quienes pagan la factura.

Lo concreto, el Ecuador real difiere de la visión miope de los indicadores macroeconómicos presentados. La pobreza, indigencia e inequitativa distribución de la renta siguen creciendo, así como la imparable fuga de mano de obra. Una vez más, las estadísticas se han convertido en un instrumento para perfeccionar la mentira en un país cuyo tejido social es carcomido por la más insolente corrupción.

[fuente]
http://www.elcomercio.com/noticias.asp?noid=117325

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