¿Quién mató a María Lalbai?

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Diario El Hoy, edición digital

Quito, 24 de febrero de 2004

 

¿A dónde querías llegar, María Lalbai, la mañana que decidiste dejar el azadón, compañero de tus días, en la mitad de la chacra para unirte a las protestas de tu pueblo? Voces de campesinos ancestrales que no hacen sino trabajar la tierra para sobrevivir en una cotidianidad saturada de privaciones y miserias. Hombres y mujeres nacidos en una explotación que cuenta con más años que la historia del país y, sin embargo, siempre obligados a callar.

Cuando llegó al grupo, terminó el camino que había comenzado a recorrer hace 63 años. Acompañada de los vientos de los páramos del Azuay, bajó con las manos vacías, sin palos, sin piedras. A lo más con el corazón lleno de coraje porque, desde que recuerda, todos los candidatos habían ofrecido sacar al pueblo de la miseria. Todos les habían engañado, como a niños. A los campesinos y a los indios de las lomas se les ofrece la salvación en medio de bailes fingidos, de abrazos aprendidos, de ponchos vestidos para fotos, en las que la sonrisa asegura unos votos que, al fin y al cabo, sí cuentan.

Mientras golpea con el azadón su tierra que ya no da más, María Lalbai se siente harta de que Zhiña, su caserío, esté cada día más perdido en la geografía de los abandonos. De que Zhiña no sea sino un punto más de Nabón, un cantón que se ha ido vaciando de sus generaciones jóvenes que han debido migrar en busca de algo que dé sentido a la existencia. También, su marido le dijo un día que ya no podía más con la vida en Zhiña. El hombre se fue pensando que quizá en la Costa necesitarían sus brazos, sus fuerzas y sus ganas de no dejarse vencer por el peso infinito de las desigualdades sociales. Pero ignoraba que en la Costa, en la Sierra, en todas partes, acontece lo mismo: no hay trabajo.

María logró lanzar su primer grito de protesta y levantar los brazos para inculpar al mundo entero por la pobreza y el hambre. Al mundo, no al Gobierno, no al presidente, sino a todos. Pero el grito se cortó en dos, la segunda mitad se deshizo con su cuerpo, para siempre, y se hundió en la tierra. Las balas son para destruir las palabras, los gestos y los caminos de la libertad. Para eso sirven las armas de los soldados. María, te mataron con las armas compradas con las contribuciones de tus hermanos campesinos, indios, mestizos. En Zhiña no hay agua potable, centro de salud, escuela completa. Pero para Zhiña, caserío insignificante, sí existen hombres armados y con la puntería suficiente para solucionar, de una vez por todas, los problemas de la miseria.

María Lalbai, te llevaron sangrante a un hospital a más de dos horas de camino. Allí hicieron una colecta pública para pagar un ataúd y tu sepelio. No preguntes quién te asesinó. A la justicia no le interesa. Además, dicen que tú pusiste en peligro la paz ciudadana, la estabilidad del Gobierno y del Estado. Tu esposo y tu único hijo te lloran, eso importa, pese a todo.

 

Fuente: http://www.hoy.com.ec/sf_noticia.asp?row_id=168197

 

Portada |  Organizaciones |  Comunicados |  Noticias