Los Olvidados de Nabón

Diario El Comercio, edición digital

Quito, 21 de febrero de 2004

 

María Lucinda Lalbay, de 63 años, murió el martes 17 por las balas de algún militar no identificado que, junto a decenas de soldados, tuvo la orden de reprimir la protesta indígena en la parroquia Shiña del cantón Nabón, situado a 40 kilómetros de Cuenca. La alcaldesa, Amelia Erráez, denunció que los militares -EL COMERCIO informa que fueron alrededor de 400- incendiaron los pajonales alrededor de Shiña con la intención de cercar a los indígenas y capturarlos.

Por su lado, Jaime Serpa, mayor del Ejército, dijo -según El Universo- que los indígenas estaban "alcoholizados y armados de machetes y armas de fuego" y que los militares tuvieron que defenderse. Tanto el alcalde de Cuenca, Fernando Cordero, que integró una comisión mediadora, como la Alcaldesa de Nabón y el sacerdote Juan López, párroco, negaron que aquello sea cierto. Otra vez, la versión del "indio borracho y violento" sirve de justificación a la violencia descontrolada que el poder armado ejerce sobre los olvidados que claman por pan y justicia.

Nabón es uno de los diez cantones más pobres del Ecuador. Sus habitantes son indígenas que el pasado lunes se unieron a las protestas contra el Gobierno e intentaron marchar sobre la carretera pero fueron reprimidos con inusitada violencia. La foto de Vicente Tello, para El Universo, muestra a quienes el poder armado atacó como ataca la milicia de una fuerza de ocupación: en su mayoría mujeres, y una de ellas cargando a su niño. La foto de Robert Puglla, para EL COMERCIO, muestra a los soldados armados, como en una guerra, vigilando el territorio ocupado. Los militares dicen que fue un lamentable accidente; sin embargo, el sentido común nos dice que cuando los soldados salen armados para dispersar a la población desarmada que protesta, el desplazamiento de los represores es premonición de muerte.

La población, al ver a sus compañeros heridos, se indignó y retuvo a dos soldados. Antes de que se conociera la muerte de la señora Lalbay se llegó a un acuerdo con los militares que habían apresado a 19 pobladores y herido a cuatro. Liberaron a los detenidos y los militares se comprometieron a reparar los daños causados, a cubrir los gastos de hospital de los heridos, a reforestar la zona de los pajonales incendiados. Pero la vida no puede ser reparada. Los pobres solo piden a sus verdugos que les sanen las heridas del cuerpo. Las otras, la del espíritu, únicamente se sanan con la supervivencia de la esperanza.

¿Existe voluntad política del gobierno del coronel Gutiérrez para investigar quién mató a María Lucinda Lalbay, una anciana de 63 años que estaba a cientos de metros del lugar de la manifestación? ¿Propiciarán los militares una investigación independiente que descubra a aquel soldado que con el arma que le da la patria dispara contra los pobres de la patria?

Basta la muerte de una sola persona para que nos debamos sentir conmovidos. En ese mundo local que es Nabón, la violencia estructural del poder actuó igual que actuaría si los ciudadanos y ciudadanas marchásemos con dignidad, en el mundo global, para exigir que se vayan los que medran de un poder al que llegaron con falsas promesas, que ejercen con alianzas que son traiciones y que alimentan con el oro de la corrupción. En Nabón viven los olvidados por ser pobres, por ser indios. Pero también desde Nabón irradiará la memoria de la dignidad.

 

Fuente: http://www.elcomercio.com/noticias.asp?noid=86574

 

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