Entre la impudicia y el cinismo

Francisco Borja Cevallos

Diario El Hoy, edición digital

Quito, 18 de febrero de 2004

 

Escribía en uno de mis últimos artículos, mucho más en broma pero también un poquito en serio, que el Gobierno nos ofrece a los articulistas tema seguro, semanalmente, gracias a sus errores, meteduras de pata e impericias. Uno solo de los líos de las últimas semanas habría sido suficiente para manchar cuatro años de administración de un Gobierno decente, pero el coronel cabalga como si nada sobre el charco de inmundicias generado a día, seguido por sus colaboradores cercanos. El caso "Haro", que alborotó a la prensa durante varios días, fue virtualmente borrado del mapa con los sucesos últimos. La fallida maniobra de utilizar a Toni ‘El Suizo’ como promotor publicitario de la obra pública parece ya prehistoria. Pasó y se fue camino al olvido pues, como dicen en Hollywood, ‘el espectáculo debe continuar’. Y hasta el pintoresco intento de alcanzar el récord Guinness con miles de jóvenes insolados quedó atrás ante el drama de un funcionario muerto, aparentemente por investigar actividades mafiosas. Y el sacrificio patriótico de Campana fue acallado con la espectacular balacera -diríase cacería- del presidente de la Conaie, que también cedió primera página al bochorno de un ‘diplomático’ enredado en aventuras ilegales con un renombrado torturador.

La madre de todos los problemas es el desconocimiento casi total de la tarea de gobernar de quienes ostentan ese privilegio y esa obligación. Y quizás consecuencia de lo anterior el modo equívoco de entender la razón de ser de estar en el Gobierno. Si alguien no sabe cuáles son las obligaciones y los objetivos del buen Gobierno, cuáles los mecanismos, las posibilidades y los riesgos, cuáles los resortes ocultos del poder y las exigencias de lo internacional, cuáles las ilusiones de la Patria y los recónditos designios de la condición humana, es fácil que caiga en sus formas externas que ofrecen placeres a discreción: el boato, los altos cargos, los honores, las remuneraciones, los viajes, las invitaciones, las humillaciones de los ‘poderosos’ ante el poder más grande, los adulos, la posibilidad de recorrer el mundo, la facultad de hacer y deshacer, es decir, elementos que pueden obnubilar el entendimiento de quien no estuvo acostumbrado a ellos y que cede a la tentación de disfrutarlos sin límite ni medida, porque además levantan la moral y acarician el ego. Pero esos no son sino los aderezos del poder que espíritus elevados están obligados a despreciar y rechazar, pero que se vuelven fin en sí mismos para los ambiciosos y mediocres.

De esta concepción errada nacen los pequeños y grandes escándalos, los funcionarios que hacen listas negras, los embajadores que se juntan con torturadores, los que pretenden aprovechar toda ventaja, los que confabulan contra las garantías parlamentarias y los que inventan autoatentados absurdos. De la incapacidad y el rumbo torcido nacen los chanchullos y los negociados. En ese pecado original de concepción y de percepción se teje la telaraña de pequeños y grandes aprovechadores de la cosa pública que van saliendo a luz entre la impudicia y el cinismo.

 

Fuente: http://www.hoy.com.ec/sf_noticia.asp?row_id=167748

 

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