El verdadero riesgo-país para nuestros países

Alberto Acosta

Diario El Hoy, edición digital

Quito, 22 de octubre de 2003

 

Nuestras sociedades están atadas a la lectura que hacen las empresas calificadoras de riesgo. Sus gobernantes afirman o no su gestión a través del llamado riesgo-país: si este sube, se preocupan, mas si este baja, su satisfacción es inocultable. Un asunto de cuidado, pues sus impactos no son solo económicos, afectan la vida social y política de nuestros países.

Justamente por el peso que tiene este indicador, precisamos comprender su significado y sus alcances. Con estudios de riesgo que hacen empresas especializadas, cuya actividad pionera se remonta a principios del siglo pasado, se analiza la capacidad de pago de un país o el ‘peligro’ que corre una inversión extranjera. El riesgo-país no habla sobre la calidad de vida de los habitantes de un país o sobre su capacidad para desarrollarse. Es normalmente una medida del precio de los bonos de la deuda, que sube cuando baja el riesgo-país o viceversa. Y esa lectura se traduce en una prima de riesgo sobre la tasa de interés que debe pagar una persona cuando adquiere un crédito externo, por ejemplo. Lo que miden es la voluntad de un gobierno para atender los compromisos externos. Y esto lo perciben a través de la política económica, con lo que, de carambola, las calificadoras inciden en la determinación de la orientación y objetivos de dicha política.

Si su ámbito resulta limitado por los intereses del capital financiero internacional, su metodología también deja mucho que desear. Sus calificaciones, por más que aparezcan rodeadas de un hálito de tecnología y metodologías modernas, se basan en percepciones y como tal son subjetivas (igual que el índice de Transparencia Internacional, ente creado para percibir ciertas manifestaciones de corrupción solo en el sector público en función de los intereses de sus padrinos, entre otros el Banco Mundial). En estricto sentido estos índices ni siquiera garantizan la decisión que tome un inversionista. Y en ocasiones estos índices al responder al interés particular de las propias calificadoras o por sus variaciones tan rápidas, fluctuantes y arbitrarias, no resultan sostenibles.

“El verdadero riesgo para un país -como con acierto afirma Mario Rapaport- es no crecer, que la salud, la educación y la seguridad de los ciudadanos, que la corrupción y la ilegitimidad corroan los fundamentos del sistema democrático, que se carezca de una ciencia y tecnologías propias, que se deba depender exclusivamente del capital externo, que no haya un aparato productivo y exportador viables. El país está en riesgo cuando sus ciudadanos no tienen perspectivas de progreso, cuando sus hijos se van a vivir al exterior, o sus nietos, si es que se quedan, deben seguir pagando una deuda que no tomaron”. Nuestros países están en riesgo con gobernantes como Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia, que pretendió imponer los intereses transnacionales asesinando a su población, o con el coronel Lucio Gutiérrez en Ecuador que traicionó su palabra y la confianza de sus electores... o sea mientras se sostenga el actual modelo socioeconómico excluyente y depredador, especulador y sumiso al capital financiero, apuntalado con lecturas de un índice de riesgo-país que constituye cada vez más un riesgo para nuestros países.

 

Fuente: http://www.hoy.com.ec/sf_articulo.asp?row_id=158985

 

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