Y el poder seguirá creyendo que nos ha destruido...

María Fernanda Vallejo y Ángel Bonilla

Revista Ojarasca, nº 77

Septiembre de 2003

 

Los tiempos parecen ser circulares, las historias se repiten una y otra vez. La coyuntura actual del Ecuador sólo reafirma el permanente desencuentro entre el tiempo histórico y el tiempo político: el proyecto de izquierda terminó fuera de base, corporativizada y haciendo juego al poder.

Es difícil describir el momento en que aquellas proféticas visiones se hacen poco a poco realidad: el presagio de la "traición" (¿acaso se esperaba algo de un coronel y sus huestes formados desde la inteligencia militar?), la reconstitución de la derecha, la fragmentación del movimiento popular y la implosión del movimiento indígena (impelido por su indefinición política a jugar en una cancha marcada por el discurso del poder). Pese a todo, las utopías sobreviven --las que nacen de la constatación íntima de que la resistencia continúa a despecho de lo errático del camino andado.

Ahora podemos decir con seguridad: "se veía venir". Las apuestas del movimiento político (Pachakutik) habían empezado a tomar una vía distinta a la del movimiento indio, desde siempre con más sabor a movimiento social reivindicativo y contestatario.

Las interpretaciones de los entendidos, las reflexiones de los comprometidos, los comentarios de los despistados han privado de grises la lectura del momento político que viven el movimiento indígena y Pachakutik. Todo parece estar fotografiado en blanco y negro: ruptura o continuismo, etnicistas o pluralistas, movimiento popular o ciudadanías, partido o movimiento político. En suma, parecería ser una historia de héroes o villanos. Entre tanto, algunas preguntas nos asaltan: ¿dónde quedaron los proyectos políticos que pretendían enfrentarse con posibilidades (desde dentro del régimen o desde fuera) al proyecto neoliberal? ¿Dónde la resistencia al ALCA, al Plan Colombia, a las privatizaciones, al FMI, a la gringa base de Manta? En qué encrucijada del camino quedaron olvidadas la construcción de un nuevo Estado, las transformaciones sociales, la recuperación de la dignidad arrebatada.

Más allá de la ruptura con Lucio Gutiérrez, Sociedad Patriótica y los múltiples grupos de interés (arrimados a la ilusión del poder) que los rodean, la obligada salida de Pachakutik ha decantado las diferencias existentes entre un aparato político controlado por sectores reformistas, que se proyectan en un discurso de socialismo liberal, construido desde una pretendida ingenuidad política de las bases indias y el movimiento social, interpelador del poder, que le otorga su sentido y su razón de ser.

Desde el inicio del mal llamado "cogobierno" parecía cuajarse un proyecto posmoderno pretendidamente de "tercera vía", cuya piedra basal era el desconocimiento del potencial transformador del movimiento indígena, a favor de la tesis de los "acumulados ciudadanos", planteamiento que procede del más craso discurso del desarrollo y que abona a un proyecto de socialdemocracia remozada.

Los seis meses de gobierno han provocado un avivamiento de disputas entre los sectores llamados de izquierda, de debates entre intelectuales buscando una adscripción política, "evaluaciones" del fugaz paso por palacio. Todo esto ad portas del congreso político del Pachakutik. La disyuntiva para el movimiento indígena no puede ser más complicada: replegarse asumiendo la necesidad de reagrupar fuerzas o presentar batalla para que los carroñeros no se disputen sus restos. Es casi un hecho que la "facción" de los acumulados ciudadanos mantenga el control del aparato. Con ello, el cerco al movimiento indígena se vuelve más estrecho.

En este punto, las fuerzas deben estar encaminadas a construir, desde las piedras angulares de la resistencia, el contrapoder. El movimiento popular ecuatoriano está abocado a la construcción política e intercultural de un pensamiento crítico donde confluyan las propuestas socialistas y el proyecto plurinacional. Construir el encuentro del discurso del marxismo, de los pueblos originarios y la conciencia social del conjunto de los explotados y excluidos.

El acto final del triste espectáculo de una izquierda y un movimiento popular arrinconados en las trincheras del ejercicio subordinado de gobierno, es la constatación de los alineamientos personalistas con tintes colectivos que relegan la fuerza vital de los movimientos sociales y se constituyen en testarudos obstáculos para la construcción de un proyecto contrahegemónico.

Sin embargo, hurgando un poco entre las bases se puede saber que el poder no logra mirarlas y esa es la verdadera fuerza del movimiento. Por eso, aunque el desencanto es la sensación básica, no existen ni la desesperanza ni la desolación. Lo que pasa es que "occidente", incluidos los intelectuales (afines o no), no termina de entender a los indios porque los mira desde la razón (objetiva, imparcial, distante), no los siente; 500 años produjeron un mestizaje siempre partido, cuando podía ser más universal. Eso en este momento es bueno, porque los cimientos de la resistencia no han sido tocados. Es bueno también que el espejo creado por el poder para que los indios se miren a sí mismos desde esa mirada, ha sido destruido y puedan reconocerse como lo que en realidad son. Es seguro que sabrán aprovechar esta circunstancia no muy feliz (por la gente que hay adentro), y retomen el camino modesto y riguroso de pensar más su realidad y escuchar más a su propia gente.

Es previsible un proceso de retorno de las dirigencias hacia sus orígenes. La Conaie, la Ecuarunari, las federaciones provinciales, reconociendo sus debilidades y fortalezas alimentadas por la fuerza nutricia de las comunidades, aquilatando su historia de lucha, seguirán siendo para aquellos que creemos en su potencial político la esperanza de mantener viva la utopía. Mientras tanto, el poder seguirá creyendo que nos ha destruido.

 

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