Ecuador, Enero de 2001, una rosa de dignidad





Revista Espacios, nº 10. Febrero-Abril de 2001.
Centro de Investigaciones para el Desarrollo.


EDITORIAL



La rancia democracia oligárquica creyó, una vez caído Mahuad, que a la sociedad ecuatoriana se la podría domar echando simplemente mano de los recursos estatales de represión. Y es que en su reducida cabeza revoloteaba la idea de que el fracaso del depuesto demócrata cristiano habría obedecido -sin más- a su falta de oportunidad y de hormonas para tener a raya, sin necesidad de apartarse de los arbitrios constitucionales, a la masa empobrecida y hasta al propio ejército en proceso de crítica sublevación.

Y esa es la imagen que ha proyectado el cuidadoso señor Noboa: desde que recibiera el honroso encargo de dirigir el país de manos del Departamento de Estado Norteamericano, su ruda presencia de hombre de carácter, tirando a lo García Moreno o a lo Febres Cordero, ha resaltado, y sólo ha sido suavizada por sus bien calculados y chabacanos "chispotazos", ejecutados con ocasión de hacer burla sardónica sobre algún tema de interés popular.

Esta filosofía antihumana y represiva, tan bien personificada por el mandatario neoliberal, culminó en las últimas medidas económicas –verdadero decreto de miseria y de muerte- y acaba de redondear su criminal perfil, luego de dos semanas de hostigamiento, persecución y encarcelamiento a los indígenas y organizaciones populares, con la aplicación de un estado de emergencia solicitado por las Cámaras de Guayaquil, que hasta el cierre de esta edición iba dejando cuatro manifestantes muertos y cientos de heridos graves.

Balance terrible, ciertamente, por su proyección criminal. Y es que nos revela, luego del moderado pero importante periplo anterior de acercamiento de buen número de soldados a los intereses nacionales y bolivarianos, un acelerado y lamentable reagrupamiento de las fuerzas del orden en torno a los más oscuros núcleos de poder económico local e internacional. Estaríamos, lamentablemente entonces, ante un nuevo ejército y una nueva policía ahora obedientemente centrados en la tarea de imponer a bala el régimen neoliberal, durante veinte y más años resistido digna y heroicamente por el pueblo ecuatoriano, y conducirnos bajo directa tutela de comandantes norteamericanos al exterminio de nuestras vanguardias humanistas y a la guerra contra el hermano pueblo de Colombia.

No obstante, el panorama de cambio hacia una sociedad solidaria, diferente a la neoliberal, se presenta más claro que nunca en este Ecuador. Y es que al pueblo no le queda más alternativa: o disputa inteligente y valerosamente espacios para trabajar y construir la vida, o hace turno de muerte ante cada nuevo ajuste económico o ante cada nuevo fusil rastrillado por el poder de los ricos.

El gran avance del proceso revolucionario ecuatoriano de los últimos tiempos es, por ventaja, este: el segmento explotado de nuestra sociedad, con los indios a la cabeza, va logrando constituirse poco a poco en un verdadero bloque popular, que es consciente de la necesidad de defender lo humano, que ubica la lucha en su justa dimensión política, e identifica con claridad meridiana a los enemigos internos y externos de la alternativa solidaria. Estamos entonces en presencia de un bloque suficientemente antihegemónico y antiimperialista, no sólo preñado de rebeldía, de ideas y de buenas intenciones, sino de prácticas sociales y aun de programas en ejecución, que revelan que se puede asumir con solvencia y creatividad los asuntos de la Patria prescindiendo de los nefastos servicios de las dieciséis familias que controlan el país y de la exasperante presencia del militarismo norteamericano en Manta y Sucumbíos.

Sea lo que fuere del diálogo en curso de los dirigentes indígenas y el gobierno, el hecho histórico consiste, entre otras cosas, en que los autoritarios gobernantes neoliberales han debido, después de agotar todo esfuerzo por quitar legitimidad a los indígenas y por minimizar el levantamiento social, sentarse con la sociedad civil de los pobres a escuchar sus puntos de vista y atestiguar –¡o dolor!- que este país no es sólo de contadísimos blancos. Los potentados Manrique, Pons, Alarcón y Rhon, pueden estar seguros que somos y seguiremos siendo un país orgullosamente indio, que si para exterminarlo no han bastado más de quinientos años de explotación, menos irían a bastar los llamados de unos sórdidos banqueros y camaroneros a confinarlo, a estas alturas de la pelea, como un supuesto grupo minoritario.

Los indios y todos los pobres de la Patria, la iglesia de liberación, los medios democráticos de comunicación e infinidad de agrupaciones solidarias, en el campo y en la ciudad, sea protestando directamente, sea colaborando de mil y una maneras al sostenimiento de la lucha, le han revelado una vez más al mundo que no todo esta perdido, que aún existe, a pesar de la absorbente y enajenante globalización, este pequeño terruño llamado Ecuador, que tiene junto al petróleo una mina de dignidad que se madura y se añeja desde siempre, y que ha dado en florecer cada enero con la augurante luminosidad del arco iris y de la rosa roja .

El Editor






 
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